miércoles, 22 de marzo de 2017

Excursión 339: La Jarosa baja y fortines

FICHA TÉCNICA
Inicio: La Jarosa
Final: La Jarosa
Tiempo: 5 a 6 horas
Distancia:  15,1 Km
Desnivel [+]: 491 m
Desnivel [--]: 491 m
Tipo: Circular
Dificultad: Media
Pozas y agua: Sí
Ciclable: En parte
Valoración: 4
Participantes: 31

MAPAS
* Mapas de localización y 3D de la ruta























PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta














TRACK

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH
 
RESUMEN
Antonio nos citó, con previsión de lluvia incluida, nada menos que en La Jarosa. ¡Lagarto, lagarto…! Quien más, quien menos, recordaba la excursión 181, en la cual una lluvia ininterrumpida desde la salida, nos dejó irremediablemente empapados a pesar de los acostumbrados artilugios, desde impermeables a paraguas. Aún así, 31 aguerridos senderomagos nos dimos cita en el aparcamiento habitual para iniciar una marcha “facilita”, de “escaso desnivel” y “de sólo 10 Km.” para que no nos pillara la lluvia anunciada a primera hora de la tarde.

Como siempre, todos contentos, estábamos en nuestra salsa estirando las piernas por el camino que se interna bordeando el embalse; al ir cruzando los arroyos, se notaban los restos de las avenidas que obligaron semanas atrás a cortar el acceso a este paraje, con troncos y ramajes en los cauces y restos de broza taponando los bajos de la valla que rodea el pantano. Llegamos a un caudaloso arroyo, el Picazuelo, que sorprendía por sus aguas impetuosas, aunque enseguida supimos la causa: Recogía las aguas del trasvase que se realiza desde el embalse de La Aceña al de La Jarosa, lo que era bien patente al hallar la boca de salida de la conducción subterránea un poco más allá.

Ahí dejábamos el camino para seguir rodeando el embalse por una supuesta senda que discurría por el pinar entre matorrales de jara y retama. Ya fuera porque el esfuerzo físico era exigente para vencer la maleza, ya por las bofetadas que se recibían de las ramas, lo cierto es que empezaba a sobrar ropa. Leonor, quien nos acompañaba expectante, se ahorró en este tramo varias sesiones de fisioterapia, pues su pie a buen seguro que se contorneó en la totalidad de los infinitos ángulos de las tres dimensiones del espacio. No obstante, fue muy mimada por todos y en especial por Paco N., que apartaba y nivelaba obstáculos con una energía propia de Josechu el vasco. Debo decir también que, de cuando en cuando, la senda se suavizaba y permitía contemplar bonitas vistas del pantano.

Por fin llegamos a la cabecera el embalse, justo encima de la presa, donde paramos unos minutos para disfrutar del panorama y reagruparnos. Y ahora venía una subidita… ¡A lo bravo, claro! Menos mal que no duraba mucho. Pronto dejamos el pinar y nos internamos en una zona de encinas muy hermosa, con riscos de trecho en trecho, en uno de los cuales, el Cerro Santo,  Antonio decidió parar para el tentempié.

Con un panorama sólo desmejorado por las nubes bajas que impedían ver las cumbres, nos deleitamos un buen rato para proseguir al encuentro de los restos de trincheras y nidos de ametralladora del frente republicano durante la Guerra Civil. Vimos varias de estas construcciones, una de las cuales parecía restaurada no hace mucho. Las vistas eran espléndidas, tanto que a Luz se le antojó montarse una cabañita y al móvil de José Luis H. quedarse allí; Santiago evitó esto último por su maestría como pastor del grupo, que siempre anda pendiente de que nada quede atrás.

Siguiendo por lo alto del cerro, fuimos a toparnos con la valla de Felipe II que rodea el Valle de Los Caídos. La cosa pintaba bien, ya que tomábamos una amplia pista que descendía suavemente y por la que daba gusto caminar. Pero ya se sabe que los caminos fáciles no son propios del GMSMA, así que, en cuanto hubo ocasión de atrochar por una fuerte pendiente que ahorraba unos cientos de metros, un tropel de avezados senderomagos se lanzaron cuesta abajo, con la alegría propia de unos niños corriendo hacia un puesto de chucherías. Algunos pensamos en esos momentos en Leonor, sobre todo Encarna que venía pendiente de ella, pero no alcanzábamos a verla a pesar de que estábamos de los últimos; se despejaron las dudas cuando supimos que andaba por delante; el cómo lo había conseguido es un milagro que aún no me explico; ¿la llevaría Paco en volandas?

Cuando nos dimos cuenta, estábamos otra vez en la boca de salida del trasvase de La Aceña a La Jarosa. Desde aquí, unos cuantos optaron por regresar al aparcamiento por el mismo camino de la mañana, pero la mayoría penetramos por una puerta del vallado para volver por las bonitas praderas de la orilla oeste del pantano.

Y cuando llegamos a los coches hubo dos sorpresas: La primera y mejor, que el dueño del bar andaba por allí y nos vendió cervecitas y nos dejó utilizar las sillas y bancos de la terraza para tomar el bocata montañero como nunca antes lo habíamos hecho. La segunda, que parecía que la excursión había finalizado, pero no, sólo estábamos de paso por la línea de meta y había que dar otra vuelta, cosa que tampoco recuerdo haber hecho antes. Pagaron las cervezas Jesús N., por su reciente abolengo, y Leonor, supongo que para celebrar que había regresado sana y salva.

Y había que continuar…por una empinada senda. El efecto fue inmediato: El número de estrellas fugaces se incrementó súbitamente e incluso hubo quien decidió esperar tranquilamente a que los demás regresaran. Esos demás fuimos subiendo, subiendo, por sendas, pistas, por la Vereda del Agua… Oí agradecimientos hacia Antonio por haber dicho en el bar que ya sólo quedaba una subidita, pues, de esa manera había hecho posible que muchos siguieran subiendo esperanzados. 

Finalmente, llegamos a los restos de trincheras y fortines del bando rebelde de la Guerra Civil, situados en un cerro, el de las Viñas, enfrentado a las posiciones republicanas que habíamos visto por la mañana. Decían los que sabían que, para comprender la situación del frente de guerra, había que imaginarse todo el paraje desarbolado y sin el embalse, pues así se encontraba en aquellas fechas.

Volver bajando fue pan comido y lo hicimos a toda prisa, ya que la anunciada lluvia comenzó a hacer su aparición y no queríamos mojarnos si lo podíamos evitar; además, algunos habían dejado sus mochilas en los coches con todos los pertrechos en el paso previo por la línea de meta. Atravesamos el arroyo de La Jarosa en las proximidades del embalse y volvimos por una senda, por encima de la pista, al punto de partida. Algunos nos volvimos directamente a casa y otros prosiguieron el encuentro en el bar Valladolid de Guadarrama.

Como conclusión: 15 Km. de nada, un agradable paseo, un buen día con la lluvia controlada, o sea que bien. Si Mady le dió 3 sicarias a la 181, qué menos que 4 a ésta.
Melchor

FOTO REPORTAJES

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